El agregado Justo
Cultura / Artes visuales
1 de abril de 2019
El crítico de artes visuales Justo Pastor Mellado habla por primera vez en extenso sobre su nombramiento como agregado cultural en Francia, un país que conoce desde los 70 y cuyo idioma es un refugio desde que era un adolescente. Escéptico, desconfiado a ratos, pero siempre muy atento, explica el sentido de su trabajo.
Por J.C. Ramírez Figueroa
“Quien crea que ir a Francia es un premio es un imbécil que no entiende nada. Esto es un trabajo”, dice Justo Pastor Mellado, crítico de arte, 69 años, levantando la voz y deteniéndose en medio de avenida Providencia.
La gente lo mira sorprendida, pero a él no le importa y sigue caminando en busca de un traje que le están ajustando. Serán dos —uno azul y otro negro— que deberá usar por asuntos protocolares en París, Francia, donde acaba de asumir como agregado cultural. “Soy un bilingüe cultural desde que vivía en Concepción”, dirá en medio de esta entrevista, dos días antes de su partida, donde aprovechó de tomarse varios espressos, le sacó risas al dueño de la librería Takk y se juntó con un amigo poeta.
Este último año su “barrio” ha sido el comprendido entre los cafés del Drugstore y la galería D21 de Nueva de Lyon, especializada en artes visuales de la Dictadura y su central de operaciones. Allí dirige el Centro de Estudios de Arte (CEDA), institución dedicada al estudio del arte chileno de los 60 a los 90 además de la poesía, actualiza diariamente su blog Escenas Locales, diseña diagramas en una pizarra y escribe catálogos, cuentos y textos estrictamente inéditos.
Para alguien ajeno al mundo del arte, quizá su particular nombre llama la atención: lo heredó de su abuelo y padre. Según él, eso le “fortaleció el carácter” ya que debía estar preparado para una mezcla de bromas e incredulidad de los demás. Aunque nació en Talca, creció en Concepción, militó en el MAPU, estudió filosofía en la UC, tras el Golpe obtuvo una beca en la Universidad de Provenza, Francia, para estudiar filosofía política y, al regresar a Chile —y ser mirado en menos por sus camaradas—, decidió llevar su conocimiento al mundo del arte.
“Yo lo llamo crítica política sustituta: usar el arte para hablar de otras cosas. En el fondo, es ser escritor”, dice quien desde los ochenta le tomó el pulso a artistas como Carlos Leppe, Eugenio Dittborn, Carlos Altamirano y Nelly Richard. La siguiente década fue director de la Escuela de Arte en la UC y durante el primer gobierno de Piñera dirigió por tres años el Parque Cultural de Valparaíso, experiencia que originó un blog especializado, fricciones con la comunidad local y un libro que es como un manual de instrucciones sobre cómo trabajar en condiciones periféricas, considerando que Santiago siempre se lleva toda la atención.
A tres cuadras de la Ópera y a seis del Louvre
Su francofonía le viene antes incluso de instalarse en Francia tras ganarse una beca luego del Golpe de 1973: estudió en el penquista liceo Charles de Gaulle. Esto se intensificó cuando su familia se vino a Santiago en los sesenta (“mi primer extrañamiento territorial y simbólico de envergadura”) y empezaba a leer revistas o novelas en ese idioma. “Me iba después de clases a deambular por las librerías de viejo que había en las galerías cercanas al metro Manuel Montt. Compraba la Paris-Match. Seguía la guerra de Argelia en imágenes: grandes fotos en blanco y negro del año 61 y que yo compraba en el 65. Pero todo era desfasado. Primero, la lengua me ponía a distancia. Segundo, el desfase acrecentaba la distancia”. Empezó a leer novelas inglesas traducidas al francés, partiendo con nada menos que “La soledad del corredor de fondo”, de Alan Sillitoe. “Me negué a aprender inglés. Necesitaba, simbólicamente, reproducir la lealtad de la lengua forjándome un enemigo hereditario a la medida. Qué locura, ¿no? Desde entonces, ha sido mi divisa, mi consigna personal”.
La entrevista continúa por mail y WhatsApp desde París, ciudad en la que se instaló hace dos semanas en un departamento en la rue Villedo, en un barrio repleto de restaurantes coreanos, “a tres cuadras de la Ópera y a seis del Louvre”. Pero antes de viajar tuvo reunión en la Subsecretaría de Cultura, donde propuso un plan de acciones que incluye conceptos como diplomacia cultural, seguimiento de acuerdos interuniversitarios y cultura digital y Big Data. Dice que están totalmente de acuerdo.
—¿Qué sentiste al enterarte de este nombramiento?
—Mucha complacencia. Estaba preparado. Amigos míos habían considerado que podría hacer un buen trabajo en París. Ya tenía experiencia en el manejo de imaginarios locales y en la conversión de diagramas de obra en programas de acción. En el fondo, se trata de una experiencia editorial, de diplomacia cultural en el sentido más estricto. Dar a ver, dar a conocer, atraer, producir indicios de reciprocidad, todo eso que se va a consolidar como una hipótesis de vanidad estatal. Pudo haber sido Lima; pudo haber sido Buenos Aires; fue París. Pudo no haber sido ninguna de las tres. Todo esto depende de muchos factores. Hay oportunidades, momentos en que todo fluye, todo se articula; pero también, en otro momento, todo lo que se suponía fluir, se obstruye, se desmonta y se reconfigura. Supongo que esa es la realidad de los nombramientos. Y así, de todos modos, obedece a un cierto deseo institucional de hacer visible una política y una imagen.
—¿De alguna manera te lo tomas como revancha?
—Preguntarme eso es destruir la base misma de tu entrevista.
—No te entiendo.
—Eso ya no es preguntar, sino introducir otro término que construye la realidad como un conflicto pasional, propio del escándalo de crónica roja. Ciertamente, hay realidades que se pueden interpretar desde este modelo. Pero pienso si es justo que yo reciba una pregunta que desplaza con violencia el terreno de la pregunta sobre la biografía y aniquila aquello que ya he señalado. Más aún, cuando en tu propia formulación señalas la respuesta. El problema es por qué para hablar de lo segundo debas subordinarlo a lo primero.
—A ver, sigamos.
—Es que aquí surge otro problema, porque es preciso distinguir mi trabajo de escritura de mi trabajo accional; que consiste en la conversión de un diagrama de obra en programa de acción específica. Es lo que hice en Valparaíso. Es lo que no pude hacer en otras ocasiones. La escritura trabaja tomando en cuenta las circunstancias y la contingencia de la propia escritura. La acción cultural depende de las circunstancias y de la contingencia de la propia acción cultural. Lo que me queda como respuesta a la revancha es la inversión. Es decir: ¿por qué no pensar en términos de gratitud? Gratitud hacia las personas que han aprobado mi designación porque valoran el trabajo que podría hacer, dadas ciertas habilidades que se me atribuyen. Pero estas personas no son las que se manifiestan a través de las redes ni expresan su opinión en medios de nicho. Gratitud hacia el Presidente, que me da la oportunidad de hacer un trabajo que será provechoso para la colocación de ciertos temas relevantes de la cultura chilena en Francia. Me gustaría, al menos, saber por qué se objetaría mi pertinencia.
—Hay un programa cultural y lineamientos lo suficientemente claros para que puedas trabajar como agregado cultural en Francia. Pero, de todas maneras, ¿cuál es el sello que te gustaría darle?
—No hay que buscar imprimir sellos, solo hacer el trabajo. No tengo esa obsesión ceremonial de gente que se desvive por señalar su marca. Creen que marcan, cuando ya está todo marcado y se trabaja en el surco abierto por otros. Hay que buscar las filiaciones de algunas persistencias chilenas extrañas. Por ejemplo, hay que reconstruir el paso de artistas chilenas, como Marie Thérèse Pinto, que se codeó con lo más granado de la crítica francesa de los años cincuenta. Ella fue quien recibió a Marta Colvin cuando llegó a París. Hay que seguir la huella de Julia Müller, otra gran escultora, que vivió en París. Ahí ya tengo tres casos específicos, que arman una filiación invista. Ya dirán que un agregado no es un investigador (risas). Pero sí, es como un “investigador submarino”. Claro que sí. Eso es un trabajo de infraestructura historiográfica. Pero queda el trabajo de relaciones diplomáticas propiamente tal, redoblado por las instrucciones que recibiré de parte de la ministra Valdés y del ministro Ampuero. Hay cuestiones que debo ver en relación con el patrimonio, a los museos, a las iniciativas de arte contemporáneo, de danza; pero también en el campo editorial. Son trabajos de facilitación de coordinaciones.
—Desde que explicitaste tu apoyo a Piñera en su primer periodo has sido cuestionado por tus colegas en diversas plataformas. Tú, en general, no respondes nada. ¿No te gustaría decirle algo a alguien puntualmente?
—¿Por qué usas la palabra colega? Es ambigua su posición en este discurso. ¿Te refieres a una relación académica? No pertenezco a la universidad. No tengo nada que ver con el espacio académico. No soy docente. Eso no es lo que me define. He hecho clases. ¿Hablas en términos profesionales? ¿De qué profesión? ¿La crítica? Pero no tengo colegas en la crítica. ¿Seríamos colegas porque practicamos la escritura? ¿O mencionas que pertenecemos a una especie de cofradía en la que mis propios compañeros de profesión me quitarían el piso? Es que en este terreno no tengo colegas. No tengo comunidad de trabajo con nadie. Siempre he trabajado solo. Entonces, me reduces a la pertenencia a una “colegiatura” que no es efectiva. Los artistas y académicos que critican mi apoyo a Piñera ni siquiera se ocupan de mi escritura, ni tampoco del análisis que hago de la “cultura de izquierda”. Tampoco discuten los presupuestos de mi carta del 2009. Pero comprenderás que esos artistas y académicos de que hablas no forman parte de mi campo de trabajo. Solo se sienten heridos porque quisieran ocupar mi lugar, que por lo demás consideran que no merezco. Están muy preocupados de cómo me va. No soportan. Pero de eso no me puedo hacer cargo. Y en verdad, no he leído ni una sola crítica en forma. Solo han hecho declaraciones panfletarias y difamatorias. No ha habido crítica. De modo que no estoy de acuerdo con tu hipótesis. No hay colegas. No hay crítica. Hay descalificación. No hay debate. Me encantaría debatir. No puedo intoxicarme con las difamaciones. Es algo que hay que soportar estoicamente, para no caer en el mismo juego.
Retaguardia crítica
“Hay algunas cosas que continuaré haciendo porque corresponden a estudios que están en curso y que han tomado una nueva perspectiva. Me refiero en particular al estudio de documentos en torno a la realización de la exposición ‘Cirugía Plástica’ (1989) de Carlos Leppe en Berlín, que tuvo lugar en el momento previo a la caída del Muro. El efecto que tuvo dicha exposición fue nulo. Es más que nada, en relación con la acción de arte de Leppe, que me he metido en el estudio de contexto de la producción de la exposición”.
También dice que está trabajando sobre la Bienal de París de 1982. “En el Instituto de Historia del Arte de allá están haciendo una historia de la bienal y me he enterado de que apenas hay mención al envío chileno. Bueno. Son problemas inmediatos sobre los que seguiré trabajando”.
Entre los miles de papeles que Mellado tiene en su oficina hay varias cajas con cuadernos, paquetes y anillados. La mayoría en máquina de escribir. Los muestra con cierto pudor. Algunas están fechadas: 1986, 1988, 1999. Incluso hay una novela experimental que incluye una bitácora anexa con lo que estaba haciendo mientras la escribía.
—Sabemos que no paras de escribir, pero ¿no piensas en publicarlas también?
—No pertenezco al gremio y no gastaré mi tiempo buscando editores improbables. Estas obras forman parte de mi retaguardia crítica, que está conformada por aquello que no está disponible, pero que existe y produce de manera constante un efecto flotante, reconocible en el trabajo de cada día. Álvaro Bisama dijo un día que yo escribía una novela de no ficción por entregas. Se refería a la regularidad y al “modelo” de trabajo de mis blogs.
Y casi como cambiando de tema, después de este recorrido por su barrio escribe en un e-mail: “Hay una búsqueda que me tiene muy entusiasmado. Podré buscar en bibliotecas francesas el ‘Manual de marcha del ejército francés’, escrito por Demenÿ, que era el asistente de Jules Marey. En verdad, poco se sabe que los estudios franceses sobre la locomoción humana y la cronofotografía estaban vinculados a las concepciones que estaban en disputa acerca de la educación física y el entrenamiento militar. Es un librito escrito sobre la instrucción física militar, en 1895, que me interesa como etnología. Esto tiene que ver con la atención que pongo en las condiciones del arte de caminar…”.
Mellado vs los medios: “Es obvio que me abordan para tenderme una trampa”
—En el último tiempo te has negado a dar entrevistas, sólo opiniones puntuales. ¿Qué te molesta tanto del formato?
—Todas han sido muy insatisfactorias. La última, de La Tercera, estaba armada como “el paco bueno” online y el “paco malo” papel.
—¿Podrías profundizar en ese concepto?
—Es similar al uso que haces de la “revancha”. Lanzas una palabra que me atribuye una actitud por el solo hecho de ser enunciada. Da lo mismo si me tomo el tiempo en desmentirla. Ya está formulada como plataforma y domina toda la recepción de un argumento futuro. Entonces debo enfrentar las agendas de los medios y de los editores. Agendas implícitas, pero dominadas por la mala leche, finalmente. Porque después de la pregunta de “paco bueno”, aparece la verdadera afirmación, en donde incurren en inexactitudes que son abiertamente difamatorias. Por ejemplo, afirmar que en 2014 salí del Parque en medio de una crisis financiera es propiamente inexacto, a menos que se desee producir la idea de que salgo al exterior huyendo de un desfalco o que en este gobierno se premia a quienes han provocado crisis financieras, lo que los inhabilita para desempeñar cargos. De todos modos, sugiere ilegitimidad. Este es el tipo de pequeñas tácticas que uno sabe que debe enfrentar, pero ya entrar en operaciones en las que no se verifican fuentes probatorias, obviamente daña mi trabajo. A esto se agrega la construcción de confusión, como cuando señalan que mi trabajo lo he realizado a la par de la Escena de Avanzada. No solo es inexacto como acontecimiento, sino una falsedad conceptual y, peor, una imprecisión política. En El Mostrador dijeron que yo era miembro del CADA. Estos son dos de los últimos incidentes. Como botón de muestra.
—Siento que existe la falsa percepción de que las secciones de cultura de los medios no tienen agenda ni línea editorial, como si eso sólo corriera para la política…
—Por supuesto que la tienen. Hay que hablar de los editores y de cómo se han convertido en correa de transmisión de las broncas políticas de quienes ideológica y empresarialmente son sus comanditarios. Es obvio que me abordan para tenderme una trampa. Ninguno de los que me entrevistan ha leído una sola línea de mis libros. Sabrían que nunca fui parte de la mencionada Escena de Avanzada, y menos del CADA. Eso ya es ignorancia. Pero cuando se repite la misma estupidez ya es parte de una inconsciente tentativa de dañar mi trabajo accional, y ese daño debe ser revertido hacia mi trabajo de escritura. Es lo que ocurre con The Clinic. Desde que me hicieron una grave indelicadeza en febrero de 2010, nunca he vuelto a darles una entrevista. Y han persistido en una constante actitud de hostigamiento. Pero es prensa de nicho. De nicho al interior de un nicho. No han leído una línea de mi trabajo. El Mostrador produce una desautorización análoga. Una vez me entrevistaron sobre Cerrillos y de las dos horas de entrevista, lo único que hizo el autor fue convertir mi crítica en el efecto de un conflicto personal. Me gustaría que hiciera pública la grabación que me hizo. Había muchas cuestiones muy significativas, que no quiso tomar en cuenta. Sobre todo, que le había advertido que no quería dar la entrevista porque la iban a convertir en eso. Pero hizo un trabajo mediocre. Ahora, en términos estrictos, lo que ellos escriben, ¿a quién le importa? Es periodismo para lectores cautivos. Entonces no vale la pena rebatir. Con La Tercera le tenía aprecio a la periodista y, obviamente, me equivoqué. Gravemente. Fue muy curioso cómo escribe una cosa para la edición online y otra para la versión en papel.


