Según Greil Marcus: las 10 canciones imprescindibles del rock and roll
Cultura / Música
1 de noviembre de 2014

Llevó las guitarras eléctricas a la academia, fundó la crítica pop desde su trinchera de la «Rolling Stone», cruzó la política y la historia con las composiciones y ahora acaba de elaborar un canon que se aleja de los rankings o de los salones de la fama.
Por J.C. Ramírez Figueroa
Berkeley, 1965. Un joven estudiante de política y American Studies, se pregunta por qué no cruzar ese conocimiento con el rock and roll. Después de todo, Pauline Kael hizo algo similar con el cine y su adorado Bob Dylan electrificaba el folk acústico para sonar a lo Rolling Stone. Si es la banda sonora de los nuevos movimientos sociales, se preguntó, ¿por qué no analizarlo académicamente? Así, Greil Marcus (1945) empezó a cruzar la historia estadounidense con las canciones descartadas de Bob Dylan, los movimientos libertarios del siglo XIX con el punk, o El Gran Gatsby con el blues. Llevó el experimento a extremos, como dedicar 200 páginas a analizar «Like a Rolling Stone» y declarar que el golpe de batería que iniciaba la canción marcaba la irrupción de la modernidad. Pero ese entusiasmo, puro y adolescente, es el que logró —en parte— profundizar literaria y académicamente la experiencia musical pop.
De hecho, a Marcus se le considera el inventor de la crítica de rock, al asumir el puesto de encargado de comentar discos desde los inicios de la «Rolling Stone». La revista, que rentabilizó la subcultura de fanzines y prensa contracultural californiana, logró profesionalizar el análisis de discos, sacándolo de lo meramente promocional e incorporándole lecturas sociales y políticas. Como editor, apoyó y antologó al legendario crítico Lester Bangs, quien inventaba nuevas palabras y no temía insultar a un artista si no le parecía honesto.
Pero donde campea a sus anchas es en sus libros. Tres básicos: «Mistery train» (1975), «Lipstick traces» (1989) y la compilación «Escritos sobre punk 1977-1992» (ver recuadro). Ahora acaba de publicar «La historia del rock and roll en 10 canciones», su canon personal de los temas que se convirtieron en un hito y que están más allá de la historia oficial, entendida como rankings y salones de la fama. A principios de 2015 debería llegar a Chile la traducción al castellano vía la editorial española Contra.
“Las principales virtudes de Marcus son las de abrir los ojos —o quizá mejor las orejas— a un universo musical que no necesariamente coincide con el mainstream”, explica Didac Aparicio, editor de Contra. “Su escritura ha ido progresivamente transfigurándose en una especie de oído que piensa, que teje correspondencias, que interpreta cómo algunos sonidos han pervivido y se han fusionado con otros. Y cómo, por ello, han generado un sentido que no se encontraba en las canciones o sonidos originales. Como los grandes ensayistas, redescubre el mundo y permite que lo pensemos desde otra óptica”.
Marcus trabaja en el subterráneo de su casa en el área de la bahía. Tiene una gigantografía de Buddy Holly y un computador desde donde baja novedades: “Soy fan de la piratería. El deseo de escuchar algo supera cualquier escrúpulo”, nos confiesa con su voz radial. Un periodista de «The Guardian» se preguntaba por qué no se dedicó a disjockear en la FM.
Su punto de partida a la hora de escribir es que la cultura pop —libros, discos, películas, cómics—, independiente de su popularidad, son instituciones que contienen los acontecimientos silenciados por la historia. Y compara estos referentes con el protagonista de «Historia de Mayta», de Mario Vargas Llosa: “Un héroe revolucionario, devastado, que cae en el olvido, y cómo se convierte en un rumor que pasa de boca en boca, y luego, en una historia en la que todos creen”.
“Como la de los grandes escritores, su mirada sobre el mundo es única y nos revela parcelas del conocimiento que, sin él, no hubiéramos conocido o disfrutado”, dice su editor en España. Para él, «La historia del rock and roll en diez canciones» es un texto “tremendamente provocador, ya desde el título mismo”.
“El libro arranca con una larguísima lista de nombres, los que conforman el Salón de la Fama del Rock o, dicho de otro modo, los que la historia convencional suele citar como grandes artífices de la música popular. Si Marcus rehúye en gran parte el ‘listado oficial’ es precisamente para hablarnos de esa otra historia que siempre le ha fascinado”, señala Aparicio.
Y agrega: “Su historia no coincide con la que la industria ha encumbrado, sino la que incluye aquellas canciones que han pervivido y suscitado un sinfín de resonancias a lo largo de los tiempos. También, por supuesto, reivindica el canon personal, su propia experiencia sentimental o intelectual con la música… En este libro logra, además, hacer que convivan un tono más de historiador, de académico, con otra forma más espontánea, próxima a Jack Kerouac o a la de su querido Lester Bangs… Es un libro maravilloso y una lección de crítica musical de primer orden”.
Tres textos básicos disponibles en Chile
«Lipstick Traces». Traducido como «Rastros de carmín» (Anagrama) es considerado el gran ensayo sobre rock jamás escrito. Subtitulado «Una historia secreta del siglo XX», el autor —mediante saltos en el tiempo, fragmentos de cómics o de revistas, narraciones y microensayos— intenta conectar Mayo del 68 con los Sex Pistols, dadaístas y situacionistas. Fascinante y agotador, como el convulsionado viaje en el tiempo que es.
«Like a Rolling Stone. Dylan en la encrucijada» (Global Rhythm Press). Delirante y documentadísimo ensayo sobre el tema de Bob Dylan, su grabación y contexto. Jamás una canción había recibido tal nivel de contemplación en sus niveles musicales y sociopolíticos.
«Escritos sobre punk 1977-1992» (Paidós). Marcus es capaz de adaptarse a los cambios. Si en los 60 era un jovencito psicodélico, ahora absorbía el ciclo completo: punk/postpunk/newwave/ y escribía sobre él en «ArtForum». Estupendas reseñas, disgregaciones y microensayos.
El decálogo Marcus
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Flamin’ Groovies / «Shake Some Action» (1976). Marcus golpea la mesa, estableciendo las reglas de su juego: nada de Hendrix, Beatles o Zeppelin. La primera canción es un ansioso —y pequeño— hit power pop, de tonos menores y guitarras campaneantes. “En 1976, el rock and roll podría haber parecido la misma historia de siempre, fijo y estático, con todos sus secretos revelados y una realidad que había que aceptar: precisamente con un gobierno, dirigido por unas pocas familias y media docena de íconos sin vida. Pero (acá) todo es nuevo, como si hubieran descubierto el secreto y hubieran resuelto el misterio en el acto”, escribe Marcus.
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Joy Division / «Transmission» (1980). Después de la irrupción punk, las bandas se refinaron —y gracias a Kraftwerk, Eno y Bowie— adelantaron un sonido frío y maquinal que dominaría los 80. El cantante Ian Curtis —epiléptico, atormentado y de muy pocas palabras— la grabó antes de truncar su primera gira por Estados Unidos. “La actuación (en la canción) de Curtis podría ser el reflejo de su epilepsia. No obstante también podría ser una estrategia imitando intencionadamente los ataques, representándolos, usándolos como una forma de energía y como una forma de música, como forma en sí misma. Más en el fondo, podría haber sido que Curtis usara sus ataques como una idea, la idea para la cual las canciones no eran más que contenedores”.
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The Five Satins / «In The Still of the Night» (1956). “El sonido en los primeros discos de rock and roll, sobre todo en los singles de conjuntos vocales, a menudo posee una claridad sobrenatural en su corazón; estás ahí, observando, esperando, mientras la canción se despliega, deseando que nadie rompa el hechizo. El sonido es abierto, lleno de espacio; sientes que pasa el tiempo”.
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Etta James / «All I Could Do Was Cry» (1955). “Me gusta ver la aguja puesta sobre los hits”, dijo la cantante, para referirse veladamente a las drogas que tomaba en las demenciales giras con Little Richards o con Elvis Presley, “componiendo canciones, sacando más de una docena de singles y cayendo aún más en un olvido apenas adulto, durmiendo en autobuses y aprendiendo los códigos y ocultaciones que llegaron con la marihuana, la cocaína y la heroína”.
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Buddy Holly / «Crying, Waiting, Hoping» (1959). “La melodía describe una inocencia traicionada. Tanto la inocencia como la traición de alguna manera quedan encarnadas por completo, pero el poder de la declaración procede de la forma en la que se combinan entre ellas”.
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Barrett Strong / «Money (That’s What I Want)» (1959). Primer hit de Motown versionada hasta por The Beatles. “Todas las canciones de rock and roll sobre el dinero”, reflexiona Marcus.
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The Brains / «Money Changes Everything» (1980). “Tal como apareció por primera vez, sigue siendo un gigante. Igual que en «Like a Rolling Stone» (de Bob Dylan) o «Light My Fire» (de The Doors), hay un único ritmo de caja, un anuncio, y luego, enseguida, el acontecimiento”.
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The Drifters / «This Magic Moment» (1953). Para el crítico, este single no se parecía en nada a ningún disco de rock and roll. Más que una canción, había una epopeya: los compositores —Leiber y Stoller— contrataron a un director de orquesta y diez instrumentistas de cuerda. “Este sonido no era bonito. No era edulzante. No era un pelo arreglado con estilo, unos dientes con funda y una llamada cortés a la puerta. Era mal timbre: tremendo, aplastante, oscuro, duro y amenazador”.
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Christian Marclay / «Guitar Drag» (2000). Un video donde un tipo enciende una guitarra eléctrica, la ata a una camioneta y acelera. “Al principio te interesa la guitarra como instrumento, te interesa comprobar qué tipo de ruido hará y cuánto tiempo durará. En cuestión de segundos, te ves arrastrado a la destrucción como objeto en sí mismo, un acto con sus propios imperativos, normas, valores y estética, y esa destrucción pronto destierra cualquier perspectiva que no se haya visto completamente absorbida por una violencia irreductible”.
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The Teddy Bears / «To Know Him Is To Love Him» (1958). Desde que fue grabada, esta balada de Phil Spector recién encontró su voz 45 años después, según Marcus. “Cuando Amy Winehouse la cantó en 2006, su música se entrelazó con la de Spector y la de él con la de ella, hasta que Winehouse encontró el camino hasta el inicio de la carrera de Spector y la redimió. Si él ha escuchado alguna vez lo que ella hizo con su música, o si escuchó alguna vez lo que ella pensaba de lo que él había hecho, son preguntas sin respuesta. Él no habla del tema; ella no puede”.
“Un muchacho al que le prometen el mundo y no le dan nada, eso es el blues”, Otis Rush (1935), cantante y guitarrista estadounidense.


