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La Panera · 2011 · reportaje

La revancha de los hipsters

Cultura / Tribus urbanas

1 de mayo de 2011

Esta es la historia de una palabra usada en la era del jazz que terminó definiendo a la generación de internet y las redes sociales. Para algunos refleja una subcultura superficial y arribista. Para otros, es la resistencia joven al consumo bajo una —irónica— estética consumista. Lo cierto es que, mientras los primeros hipsters nacían al amparo de la música, los actuales lo hacen bajo el de la moda.

Por J.C. Ramírez Figueroa

Nadie tiene claro el origen de la palabra hipster. Pero es probable que todos la hayan leído o escuchado alguna vez. Se dice que es un término usado en el oeste de África para designar algo “notable” o “digno de verse” y que era usado por los esclavos llegados a Estados Unidos.

En los años veinte fue adoptado por los músicos de jazz. Era la clave para nombrar a los “iniciados” en este estilo. Luego, en los cuarenta, se aplicaría a quienes pasaron del viejo swing al aceleradísimo hot jazz y bebop. Incluso apareció un diccionario que acompañaba el disco “Boogie Woogie” (1944) de un tal Harry Gibson, más conocido como Harry el Hipster.

Pero más que a los músicos, lo hipster apelaba a la subcultura juvenil de amantes del jazz. Chicos bien vestidos, interesados en lo afroamericano y que perseguían religiosamente a Charlie Parker por los clubes neoyorkinos. A mediados de los cincuenta, la tribu hipster fue declinando y dando paso a los beatniks, una versión mucho más intelectual y existencialista.

Lo sorprendente es que décadas después la palabra resucitaría para ser aplicada a la actual generación de internet y las redes sociales. Pero en vez de ser el término elogioso de antes, ahora designa al arribista cultural. Es decir, el que se cree superior por manejar cierta información de discos, libros o cine. También se aplica a la actitud superficial y mundana que sólo cuida las apariencias. Así, lo hipster pasó de subcultura a palabra clave que los mismos jóvenes usan para analizar —y destruir— a sus pares.

Una contracultura musical

La clave puede encontrarse en el pasado, en los propios analistas y jazzistas de posguerra, como el pianista Lennie Tristano, que afirmaba que “la actitud arrogante y la falta de originalidad de los jóvenes hipsters constituyen no menos que una amenaza para la existencia del bebop”.

El historiador Martin Jezer lo calificaba como un “movimiento amorfo y sin ideología” y “una pose despolitizada y preocupada de las formas”.

El especialista en jazz moderno Frank Tirro fue más misericorde: “El hipster es un hombre subterráneo. Él es para la Segunda Guerra Mundial lo que el dadaísta fue para la Primera. Él es amoral, anarquista, cortés y sobrecivilizado, llegando a la decadencia”.

Y agrega, con prosa encendida, que el hipster “está siempre diez pasos adelante en el juego, debido a su conciencia. Por ejemplo, podría conocer a una chica y rechazarla porque él sabe que saldrán en citas, se tomarán de las manos, se besarán, se acariciarán, fornicarán, quizá se casarán, quizá se divorciarán… ¿Así que para qué dar el primer paso? Él conoce la hipocresía de la burocracia y el odio implícito en la religión. ¿Entonces, qué es lo que el hipster valora, para pasar la vida evitando el dolor, tener a raya sus emociones y ser genial? Él anda buscando algo que trascienda toda esta idiotez y lo encuentra en el jazz”.

Mientras el resto sólo veía jóvenes revoltosos, Tirro vio al hipster como noble inconformista y precursor de todas las contraculturas surgidas al amparo de la música: mod, hippie, glam, punk, indie, shoegaze, electrónica…

¿Un insulto?

Es posible que estos jóvenes rebeldes de los cuarenta llevaran consigo la clave de su propia autodestrucción. Porque el darle tanta importancia al “estilo”, por encima de cualquier política o explícita filosofía anti-algo, propició que a cualquiera que quisiera verse “moderno” lo llamaran hipster.

La caricatura del hipster como exagerado amante del jazz y la cultura negra, que hablaba y vestía como si fuera músico (aunque no tocara ningún instrumento) y que marcaba distancia con todos, posiblemente fue la interpretación que ganó. Tal como lo punk se asocia a peinados mohicanos y pintarrajeadas chaquetas de cuero.

En la actualidad, como decíamos, lo hipster se usa para designar —y burlarse— de lo alternativo, ondero, moderno. Una reacción ante el proceso de los noventa que convirtió todo lo “distinto” y “contracultural” en instantáneo objeto de consumo. Desde el rostro de Kurt Cobain de Nirvana al cine de Tim Burton, desde el arte callejero a la ecología, desde los afiches políticos a lo gótico.

Y en estos tiempos donde hasta la globalización económica es redundante, nadie quiere ser llamado hipster. Incluso los propios hipsters, que ven el término como una burla. Burla para los que se vanaglorian de conocer grupos nuevos recién bajados de internet. A los que lucen las zapatillas más extravagantes. O que se “revientan” en las fiestas, pero siempre atentos a que una cámara los registre para Facebook o Flickr. O que aparentan ser muy inteligentes con sus lentes de marco grueso. O a quienes se les nota mucho el sarcasmo.

En internet hay artículos al estilo de “9 prendas de ropa arruinadas para siempre por los hipsters” o páginas como “The Hipster Handbook”. Esta última es —sin quererlo— una completísima explicación de cómo una subcultura pasó a convertirse en una moda contemporánea. Incluye, con más ironía que otra cosa, desde tips para vestirse hasta la jerga adecuada.

“Una reacción ante el capitalismo”

El investigador —y editor de la muy hipster revista “n+1”— Mark Greif, en su libro “¿Qué fue lo hipster?”, parte aclarando el hipsterismo a través de sus puntos de referencia actuales: la revista Vice, las películas de Wes Anderson, las discotheques “burguesas” donde se toca cumbia, la música indie del sitio Pitchfork Media, los cafés de diseño. Greif se pregunta si es posible estudiar un fenómeno cuando todavía se está produciendo.

Porque el hipster actual entiende la cultura de la misma forma que sus precursores de los años cuarenta. Una mirada que, para el investigador, es una reacción política ante el capitalismo pero con “una fachada viciosa”. Es decir, el hipster se rebela ante el consumo exagerando el consumo. Discutible. Especialmente porque el jazz no exaltaba los valores del mercado, precisamente. Y también porque los actuales hipsters prefieren ironizar con la moda y pasar un buen rato.

Aunque hay ciertas normas de urbanidad para el buen hipster contemporáneo. Primero, el ocultamiento: nunca revelar los sentimientos ni las ideas políticas. Ir a bailar cumbia o perderse en los bares más sucios del centro sin que nadie se entere de dónde vives en realidad. Segundo, cultivar la “rebeldía consumista”: tener un blog y reírse de los propios auspiciadores, alterar los logos que vienen en la ropa, descolocar con una estética combativa de los años sesenta. Tercero, rescatar los años ochenta. Pero no desde los videoclips o películas de la época, sino desde los propios recuerdos de la niñez. Porque el hipster no es un adolescente, sino que vivió un pedazo de la década consumista por excelencia.

Y esto se extrapola más allá de Williamsburg, Brooklyn, la zona hipster por excelencia. En España los llaman modernos; en Argentina, floggers; y en Chile, shúpers (una deformación del irónico “súper loco” con que se burlan de ellos). Aunque es cosa de comparar los looks —el sostén estético de las reglas de urbanidad mencionadas— para que todo cuaje: barba, pantalones pitillo, lentes de marco grueso, zapatillas colorinches, aires dandy.

Cuando a Greif le preguntan cuánto durarán estos nuevos hipsters, él dice, en un tono muy hipster, que no tiene ni idea: “Creo que estarán entre nosotros un buen rato más. Ellos le recuerdan a la gente que puedes pasarlo bien buscando respuestas en grupo. Ahora todo es muy privado…”.

Lo hipster, como la resucitada subcultura que busca reforzar los vínculos en un mundo que sólo quiere romperlos.

Primera página del reportaje 'La revancha de los hipsters' en La Panera, con el titular y una ilustración de jóvenes hipsters Segunda página del reportaje en La Panera, con el recuadro de 'normas de urbanidad para el buen hipster' y otra ilustración del grupo
Las dos páginas del reportaje en La Panera. Clic para ampliar.

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