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La Panera · 2010 · perfil

Philippe Petit: la aventura es infinita

Cultura / Artes visuales

1 de abril de 2010

En 1974, tras prepararse durante más de seis años, el acróbata francés logró cruzar —ante el espanto de la policía y la admiración de los neoyorquinos— las Torres Gemelas. Su experiencia —mítica, insólita, extraordinaria— al fin la narró en un libro: una mezcla de memorias, narración de no ficción y archivo fotográfico. Y acaba de llegar a Chile.

Por J.C. Ramírez Figueroa

Rebelde. Niño problema. O, ya que esta historia comienza sobre los techos de París, enfant terrible. Así era —y aún se define— Philippe Petit, el célebre equilibrista que el 7 de agosto de 1974 cruzó las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York.

Un adolescente hiperquinético que estudió “dibujo, pintura, escultura, esgrima, tipografía, carpintería, teatro y equitación” a pesar de haber sido expulsado de cinco escuelas por robar carteras a los profesores, entre otras “travesuras”.

A los 17, sus padres lo dejan ir. Aplana las calles de Europa trabajando como malabarista y trovador. Un “profesional de la arrogancia absurda” que soporta el hambre, el frío, los rechazos laborales y las continuas detenciones. Un año después, durante el ajetreado 1968 francés, nuestro protagonista delira: quiere aprender los misterios del ajedrez, el idioma ruso, la tauromaquia, la arquitectura y la ingeniería. Estas últimas, diría, para construir casas sobre los árboles de la ciudad.

Hasta que recibe una iluminación en el lugar más convencional posible: la consulta del dentista. Y empieza realmente la aventura.

El mejor dolor de muelas de la historia

Los diarios y revistas viejas que se amontonan en las salas de espera a veces traen sorpresas. En este caso, un breve artículo sobre un nuevo edificio de 110 pisos próximo a alzarse sobre Manhattan y que —asegura la minúscula nota— “hará cosquillas a las nubes”. En la foto se superpone a escala la Torre Eiffel (mucho menor) y más abajo aún, la Torre Maine Montparnasse (“desconocida en el mundo aunque reciente motivo de orgullo para los parisinos”). El titular proclama: “110 metros más que la Torre Eiffel”.

Petit no se aguanta: se queda mirando fijo el cuadro que adorna la sala —una reproducción barata de “Las ninfeas” de Monet— como si un insecto gigante se hubiese posado allí. Los ojos de los otros pacientes, todos ancianos, se posan en la pintura.

“Dejo escapar un descomunal ‘¡achís!’ que me encubre mientras arranco la hoja, me la meto debajo de la chaqueta y desaparezco a toda prisa”. Y la dejó dentro de su caja titulada “proyectos”. Por supuesto, no duraría mucho ahí.

Funambulista

Así comienza “Alcanzar las nubes” (Alpha Decay), las insólitas memorias de Philippe Petit publicadas en inglés en 2002 y recién llegadas a Chile. Una pieza mezcla de diario de vida, relato de no ficción y archivo fotográfico. 340 páginas que, si uno se descuida, pueden terminar explotando de pura energía contenida.

Una obra que parte con una cita de Werner Herzog: “Una cosa más: Philippe, tú no eres cobarde; así que lo que deseo oír de ti es la verdad extática sobre las Torres Gemelas” y termina en la contratapa con el ilustre neoyorkino Paul Auster: “Me llena de alegría recordar la mañana de 1974 en que un joven le hizo un regalo de una asombrosa e indeleble belleza a Nueva York”.

Y Enrique Vila-Matas, al instante mismo de recibir la traducción, reflexiona en “El País” de Madrid: “Que recordemos mucho más la destrucción de las Torres Gemelas que aquel acto artístico de gran belleza que tuvo lugar un cuarto de siglo antes en el mismo escenario es, en el fondo, algo bien comprensible, pues hubo un mortal desastre aquel 11 de septiembre. Pero eso no quita que sería genial si, en lugar de arrinconar tanto la memoria de la belleza, estuviéramos hechos de otra materia y fuéramos capaces de recordar con la misma intensidad que la destrucción la poesía extraordinaria del gesto del funambulista Philippe Petit el día en que alcanzó las nubes en lo alto del World Trade Center”.

Funambulista: palabra algo desconocida para nosotros, que define a quien hace acrobacias sobre una cuerda floja. Y, en su segunda acepción, a las personas que saben actuar con habilidad en la vida social y política.

Petit, por cierto, cumple ambas. Si no, ¿cómo se explica que apenas llegado a Nueva York se haya encaramado en su construcción amada, pasando por trabajadores, guardias y policías, y que nadie se enfade demasiado?

A 12.000 metros de altura

Petit escribe hablándole al lector. De ahí que sea imposible soltar el libro. Frases cortas y precisas, párrafos entretenidos y, sobre todo, el relato de primera mano de la aventura: uno no tiene más remedio que terminarlo.

“Cuando las torres vuelvan a hacer cosquillas a las nubes con sus dos puntas, me ofrezco a cruzar de nuevo, a ser la explosión de la voz colectiva de los constructores”, escribe hacia el final. Como si él mismo supiera que su acto —insólito, peligroso, maravilloso— simboliza algo más que una buena anécdota o una metáfora de lo “humano” irrumpiendo sobre el capitalismo.

Así nos vamos enterando de cómo planificó durante seis años su proeza, haciendo cosas como fabricar un modelo a escala de las torres, o haciéndose pasar por contratista para tener libre acceso a los dos edificios. También de sus miedos, que casi lo hacen renunciar, y de cómo se hizo pasar por periodista y falsificó tarjetas para él y sus amigos. De cómo burló la seguridad y terminó siendo reconocido por el mismísimo presidente del World Trade Center, Guy F. Tozzoli (llamado “gato de nueve vidas” por haber sobrevivido al atentado del 11/9): “Philippe Petit planificó y ejecutó el crimen perfecto… y el mundo entero lo adoró por ello”.

La proeza

A las 7:15 de la mañana de ese 7 de agosto de 1974, Petit comienza a caminar sobre un cable de acero desde la Torre Sur, aún sin terminar de construirse.

“A mis pies, un cable. Nada más. Mis ojos captan lo que se levanta frente a mí: la parte superior de la Torre Norte”, escribe. “Es una línea recta. Que se enrolla sobre sí misma. Que oscila. Que se comba. Que vibra. Que es hielo. Que está tensionada a tres toneladas. Lista para explotar. Para disolverse. Para disolverme. Para tragarme. Para lanzarse silenciosamente al vacío encerrado entre las dos torres. El cable espera”.

El acto dura 45 minutos aproximadamente y es —evidentemente— sorprendente, como puede corroborarse en el documental “Man on Wire” (2008). Petit, como si estuviera en uno de sus shows parisinos, saluda a la gente, se acuesta sobre el cable (como también puede verse en el libro) y “dialoga” con una gaviota que sobrevuela la escena. Todo, ante el espanto de la policía neoyorkina.

“¿Cumples una misión como el águila de Prometeo y estás a punto de lanzarte en picado para abrirme las entrañas, para desgarrarme el hígado?”, escribe.

Petit se entrega apenas baja del cable. Más tarde declara que lo más arriesgado de su acto fue precisamente el ser esposado y empujado por unas escaleras. Su castigo será hacer un show para los niños de la ciudad, que realiza feliz de la vida en Central Park. Repite lo de las Torres, pero esta vez sobre el actual lago Turtle Pond.

Cuando le preguntan por las razones del acto, su explicación da la vuelta al mundo: “Cuando veo tres naranjas, hago malabares; cuando veo dos torres, las cruzo”.

I love New York

A Petit, sin embargo, no le interesa mucho la fama. Son otras las pulsiones que lo mueven: la aventura, el gozo, el desafío “físico” al sistema. “El teléfono empieza a sonar por la mañana temprano. No para. Toda América llama”, relata. “Recibo ofertas para hacer anuncios en televisión, escribir un libro para niños, grabar una canción, rodar una película, pasear por lugares ridículos; las revistas se pelean por una exclusiva, los empresarios compiten por ‘manejarme’. Sin apenas comprender, no hago más que garabatear notas en un trocito de papel, que voy apilando (…) ¡No conseguirán de ningún modo convertirme en millonario!”.

Sin embargo, la ciudad lo adora. Y él se deja querer: recorre las calles, planifica nuevas “intervenciones” (por ejemplo, atraviesa en altura la Avenida Ámsterdam), tiene pase libre para recorrer las torres. Lleva décadas como artista residente en su amada Catedral de St. John the Divine y se esconde junto a su novia y amigos en las Catskills Mountains.

“Soy el único visitante que mira hacia arriba. Interrogo al cielo con la esperanza de ver un pájaro…, pero el pájaro nunca vuelve. Probablemente no está interesado en verme con dos pies plantados en la losa de hormigón, si bien es cierto que se trata de una losa flotante que intenta alcanzar las nubes. Sin embargo, seguiré viniendo y soñando eternamente, en lo alto de mis indestructibles torres gemelas… Eternamente, o así lo creo”.


“Alcanzar las nubes”. Philippe Petit. Alpha Decay, 2007. Edición original en inglés: To Reach the Clouds (2002). “Man on Wire” (2008). Documental sobre la travesía de Petit, dirigido por James Marsh.

Portada del libro 'Alcanzar las nubes', de Philippe Petit (Alpha Decay) Primera página del reportaje 'Philippe Petit: la aventura es infinita' en la revista La Panera, con el titular y una foto del arresto de Petit Segunda página del reportaje en La Panera, con dos fotos de Petit caminando sobre el cable entre las Torres Gemelas Foto de 1974: Philippe Petit camina sobre un cable de acero entre las Torres Gemelas, muy por encima de Manhattan Portada de The New Yorker del 11 de septiembre de 2006, con la ilustración de un equilibrista caminando sobre un cable Afiche del documental 'Man on Wire': vista hacia arriba del cable de acero tensado hacia una de las Torres Gemelas, con el pie de Petit sobre él
La portada del libro "Alcanzar las nubes", las dos páginas del reportaje en La Panera y otras imágenes de la travesía. Clic para ampliar.

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